Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster

© Albarrán Bourdais,
Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
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Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
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Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
Albarrán Bourdais,
Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

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Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

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  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
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Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
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– Director de circo –dije.

Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
Farmacias Distantes, Dominique Gonzalez-Foerster, 22.02.2023 - 22.04.2023   Distancia entre farmacias.   Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.   No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.   Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.   Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.  

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Y todavía hoy me pregunto por qué dije “director”

  &   “Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.   – Enrique Vila-Matas
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22.02.2023 – 22.04.2023

 

Distancia entre farmacias.

 

Conservo la memoria de Antonio y su hijo, pobres de solemnidad, sentados en el bordillo de una acera de Roma en un descanso de su búsqueda de una bicicleta esencial para el padre si quería sacar adelante a su familia. Hablo de una imagen de Ladri di biciclette (Ladrón de bicicletas) de Vittorio de Sica, una de las mejores películas de todos los tiempos. A mi padre le impresionó –diría incluso que le afectó– cuando la vio en el invierno de 1950 y quizás llegó a identificarse con aquel hombre de Roma que trataba, como él, de huir de la miseria más absoluta.

 

No mucho tiempo después de aquel invierno, a mis siete años acompañaba yo a mi padre por la parte alta de Barcelona, donde él se dedicaba a medir con una cinta métrica la longitud de las aceras y la distancia que había entre farmacia y farmacia, ya que la ley exigía una cifra muy concreta de metros para autorizar una nueva. Contaba mi padre con la promesa de la ayuda económica de un familiar en el caso de que encontrara un local donde estuviera permitido instalar una nueva farmacia. Marchábamos los dos encogidos, casi arrodillados a veces, siempre cerca del suelo, especialmente mi padre con su cinta métrica.

 

Mucho antes de que mitificara los solitarios paseos de Rousseau y Robert Walser, mi padre y yo paseábamos de un modo distinto, a merced de la brújula de aquella cinta métrica de la que tanto dependía todo.

 

Mi recuerdo más nítido: cerca de la plaza Bonanova, mi padre, tras guardar la cinta en su bolsillo y dar así por terminada la jornada, me preguntó de repente qué quería ser de mayor. Se trataba de una pregunta a los niños muy frecuente en aquellos días, porque no había futuro.

 

– Director de circo –dije.

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&

 

“Ya no podré pasar por la rue Vaneau sin pensar en Vila-Matas”, escribió Maurice Nadeau, tras leer Doctor Pasavento. Y desde entonces ya no puedo pasar por la rue Vaneau sin pensar en Nadeau. A primera vista, es una vía muy breve y tranquila en la que no ocurre nada. Pero en tan breve tramo puede allí uno encontrarse con la casa de André Gide, la embajada de Siria, la bella mansión de Chanaleilles, la farmacia Dupeyroux, el Hotel de Suède, el primer apartamento de Marx en París… Un día, habiendo ya oscurecido, en la casa deshabitada que hay frente a la farmacia Dupeyroux vi dos angustiosas siluetas, muy apretadas e inmóviles en una de las dos ventanas iluminadas. Eso tampoco lo he olvidado.

 

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